lunes, 16 de mayo de 2011

Thomas R. Malthus (I): el fantasma de la población

En un ensayo publicado en 1933, John Maynard Keynes escribía una breve semblanza de Thomas Robert Malthus, a quien se le concede el honor de ser el "primer economista de Cambridge" [1]. En esta reseña Keynes no escatima en elogios hacia el economista clásico. Baste un ejemplo: "¡Si Malthus y no Ricardo hubiera sido el tronco del que brotó la ciencia económica del siglo XIX, cuánto más sabio y rico sería hoy el mundo!" [2]. A lo largo de estas líneas, Keynes siente con sinceridad ser el legítimo sucesor de las bases teóricas establecidas por Malthus, y a decir verdad, tan sólo después de haber leído su Primer ensayo sobre la población, puedo afirmar que tal afirmación no es en absoluto infundada; es más, en todo caso esta relación ha sido minusvalorada por todos salvo por sus críticos, si bien con la tergiversación inherente que de éstos puede esperarse.

No obstante, antes de continuar, cabe hacer una aclaración que atañe a mi experiencia personal, pero que bien creo que es extensible a la de muchos más. El primer conocimiento que tuve de la obra de Malthus fue en bachillerato, en la asignatura de geografía. En ese entonces, Malthus era descrito como un teórico crudo, pesimista, exagerado y carente de todo escrúpulo, la más viva imagen de la subordinación del sufrimiendo de muchos al supuesto bienestar de todos. En concreto, la teoría malthusiana quedaba encerrada en el siguiente pasaje, rebosante de lirismo trágico: "Un hombre nacido en un mundo que ya es propiedad de otros, si no logra obtener subsistencia de sus padres, a quienes puede en justicia demandar, y si la sociedad no requiere su trabajo, no puede pretender el derecho a la menor porción de alimentos y, de hecho, no tiene nada que hacer allí donde está. En el ingente banquete de la Naturaleza no hay para él un puesto vacío. Ella le ordena salir, y pronto ejecutaría ella misma sus órdenes si él no logra despertar la compasión de algunos de sus invitados. Si estos invitados se levantan y le hacen un hueco, otros intrusos aparecerán inmediatamente en demanda del mismo favor. La noticia de una provisión para todo el que acuda llena la sala con numerosos pretendientes. El orden y la armonía del festín desaparecen, la plétora que antes reinaba se convierte en escasez y la felicidad de los invitados se destruye ante el espectáculo de miseria y desamparo en cualquier punto de la sala y la clamorosa impertinencia de quienes están justamente indignados por no encontrar la provisión que se les había habituado a esperar. Los invitados reconocen demasiado tarde su error al desatender las estrictas órdenes contra todos los intrusos dadas por la gran señora del banquete, quien, en el deseo de proporcionar abundancia a sus huéspedes, y sabiendo que no puede proveer a un número ilimitado, rehúsa humanamente a admitir nuevos partícipes cuando ya está completa su mesa" [3]. Al margen de la verdad que podamos o no reconocer en tales palabras, su lectura resulta, cuanto menos, desagarrador, ¿no es así? Esta era la imagen de Malthus que yo poseía, mi única imagen, y también la de mucha más gente. ¿Cómo ha llegado a nosotros esta imagen de Malthus caracterizado como el emisario de unos jinetes apocalípticos enviados por la naturaleza para eliminar a todos sus hijos sobrantes? [4]

Si queremos indagar en los orígenes de esta esta interpretación, que podríamos denominar catástrofe maltusiana, el inicio de la década de los 60 constituiría un buen punto de partida. Es esta una época de grandes convulsiones en el plano político y social, y aunque no deja de sonar bastante naïve, es por entonces cuando el posmodernismo comienza su andadura. En 1962 Rachel Carson denunciaba los efectos perjudiciales de los pesticidas en su Primavera silenciosa, cuyo impacto culminaría con la prohibición en EE.UU. del DDT en 1969. Por su parte, Paul R. Ehrlich publica en 1968 The Population Bomb, obra esta sí incendiaria que elevaba a la categoría de plaga el crecimiento descontrolado de la población y ponía en su limitación, aunque fuere forzosa, toda una prioridad. Esta obra resucitó además el fantasma de Malthus, aunque eso sí, dotado de más parafernalia que ectoplasma. El término maltusiano -o más bien, neomaltusiano- se generalizó hasta el punto de denotar de forma indistinguible toda política destinada al control de la población, desde el uso de anticonceptivos a los programas de estirilización masiva. A su vez, en 1968, esta toma de conciencia por el futuro de la humanidad y su impacto sobre el medio ambiente fue recogido por un grupo de expertos que fundaron la organización conocida como Club de Roma, y cuyo objetivo declarado era allanar el camino a un nuevo orden mundial (mejor y más justo, como siempre). En 1972, este grupo encarga al MIT la elaboración de un informe sobre el impacto que sobre el planeta estaba teniendo el crecimiento de la población mundial. Los resultados del informe, dirigido por Dana Meadows y titulado Los límites del crecimiento [5], no podían ser más tajantes, ni tampoco más desalentadores: "[S]i el actual incremento de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y la explotación de los recursos naturales se mantiene sin variación, alcanzará los límites absolutos de crecimiento en la tierra durante los próximos cien años". Como puede verse, la humanidad se encontraba en una encrucijada, y el alzar la vista hacia el futuro parecía sólo deparar llanto y rechinar de dientes. En definitiva, una tragedia.

Una vez se entiende que tales oráculos iban acompañados del epíteto neomaltusiano, es fácil comprender cómo, si Malthus fue el agorero decimonónico por excelencia, su reencarnación posmoderna no era lúgubre, sino tétrica. Sin embargo, más allá de la porción de verdad escondida en las advertencias de todos los que clamaban frente al crecimiento de la población, un hecho propició el descrédito de todo el movimiento, al tiempo que el Malthus histórico recibía su ración -será por la patronimia-; este hecho era bastante simple: la catástrofe no llegaba. Si el milenarismo medieval clamaba por la renuncia de lo material ante la inminente llegada del Juicio Final, los neomaltusianos tomaban el relevo ante un mundo que, si hubiese que plasmarlo de alguna manera, sería similar al que nos presenta la película Soylent Green (1973) [6]. Ya podían haber aprendido los aprendices en prudencia del error del maestro a la hora de hacer predicciones; y es que si Malthus se tomó demasiado a pecho la inalterable pasión entre los sexos, de forma que no concibió que la fecundidad pudiese disminuir a medida que aumentaba la renta per cápita, los neomaltusianos no tomaron en cuenta que este mismo proceso podía también aplicarse a los países en vías de desarrollo. Además, ambos cometieron un error ya criticado por Marx, a saber, que el progreso tecnológico permite el sustento de una población creciente; no obstante, tampoco habríamos de pecar de ingenuos. El progreso tecnológico normal, en términos kuhnianos, en la práctica se traduce en una explotación cada vez más intensiva de los recursos, hecho que en términos técnicos se traduce en la necesidad del empleo progresivamente mayor de calorías para obtener los recursos básicos. La posibilidad de una catástrofe maltusiana no es por tanto impensable, o al menos su amenaza es constante. A fin de cuentas, como diría Marvin Harris [7], no seríamos la primera civilización que presa de un techo tecnológico no puede más que explotar su ecosistema a través de una intensidad creciente, sufre un shock ecológico e incapaz de hacerle frente, ve quebrarse toda su estructura social. No estaría de más tenerlo en cuenta.

En esta primera entrada he intentado presentar esa imagen del Malthus demógrafo -quiero decir, agorero- que ha sido difundida a lo largo y ancho del mundo. A mi modo de ver, es ésta una imagen tergiversada, que se ha visto ligada a los mismos que han intentado, a falta de mayor inventiva, ligarse a las aportaciones del que consideran un maestro pero que, en líneas tanto generales como específicas, se encuentra bien alejado de su pensamiento. En la siguiente entrada me gustaría mostrar no sólo una imagen distinta de Malthus, una imagen quizá sorprendente, esto es, lúcido, escéptico pero también optimista; y por supuesto, imbuido de una intuición económica que, en esto coincido con Keynes, debería haberle acreditado un puesto de mayor reconocimiento en la historia de la ciencia económica tanto entonces como ahora. Espero, dentro de lo posible, ser capaz de transmitir esa misma consideración.

[1] John M. Keynes, Robert Malthus (1766-1834): El primer economista de Cambridge (1933)
[2] Keynes, op. cit., p. 41
[3] Malthus, An Investigation of the cause of the Present High Price of Provisions (1800), p. 571; citado en Keynes, op. cit., p. 28
[4] De hecho, no me equivocaría al afirmar que en la imaginería popular Malthus representa la umbría de una disciplina que, como lo era la economía clásica, ya mereció el calificativo de ciencia lúgubre por Thomas Carlyle en 1849. En el caso de Malthus considero estas afirmaciones infundadas, o como mínimo, totalmente exageradas.
[5] Los límites del crecimiento, artículo en Wikipedia (también en inglés, The limits to growth)
[6] Soylent Green (Cuando el destino nos alcance, en español, 1973), dirigida por Richard Fleischer y protagonizada por Charlton Heston (¡hola radiolas!), basada en la novela de Harry Harrison Make room! Make room! (¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!).
[7] Marvin Harris, La cultura norteamericana contemporánea (1981) 

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