martes, 18 de mayo de 2010

Fomentar la natalidad a base de subvenciones (II)

Le comentaba hace unos días a un amigo el argumento que defendí en la entrada anterior a propósito de la naturaleza de subvenciones como el famoso cheque-bebé y los incentivos que generan para unos y otros grupos o tipos de individuos. En esencia, asumía entonces, como sigo haciendo ahora, que el objetivo principal de esta medida era la de incentivar la natalidad (al menos así se declaró en su momento). De ahí que, en consonancia con la efectividad que puede esperarse de los incentivos monetarios, no tuviese ningún sentido criticar esta medida por su carácter regresivo, más bien al contrario: la regresividad no sólo es una condición necesaria, sino además deseable si perseguimos dicha efectividad.

Pues bien, mi amigo me hizo un apunte que considero lo suficientemente importante como para compartirlo con vosotros. Es cierto que para ciertos grupos (especialmente rentas medias-bajas) las transferencias monetarias, en este caso 2.500 €, pueden suponer la diferencia entre tener un hijo ahora o en otro momento. Sin embargo, como también apuntamos en la entrada anterior, para una familia pudiente un pago único 2.500 € no suponen nada destacable, o al menos, lo suficiente como para tener o no un hijo con todo lo que ello conlleva. ¿Qué cantidad podría suponer una diferencia? Una familia con recursos puede tener todo lo necesario para costear la manutención de un recién nacido (o un niño adoptado, el caso es el mismo), luego la cuestión monetaria puede no ser realmente el problema. Ahora bien, los costes que acarrea un nuevo nacimiento no son sólo monetarios, al menos directamente. El tiempo es un factor esencial. Los recién nacidos (y los no tan recientes) requieren bastantes cuidados que, no por su coste sino por el tiempo que requieren, suponen un esfuerzo bastante considerable para sus padres. No sería la primera vez que asistimos ante un caso de una madre que deja de trabajar para disponer de tiempo con el que cuidar a sus hijos si no tiene otra alternativa. O de la multitud de abuelos que se dedican a cuidar a sus nietos mientras sus padres trabajan (podría hablar también de casos de varones, pero en estos casos el sexo supone un sesgo bastante significativo).

Este hecho nos lleva a un concepto fundamental de la economía: el coste de oportunidad, que se define como el valor de la mejor oportunidad rechazada al tomar una elección. Normalmente no es tenido en cuenta a la hora de valorar los costes aparejados a cualquier acción, pero su inclusión resulta esencial en el análisis económico. Así, si vamos al cine, normalmente decimos que "nos ha costado" 6 €. Sin embargo, si un amigo nos hubiese propuesto ir a descargar cajas esa misma noche cobrando 200 €, vemos que el coste de ir al cine es en realidad mayor, pues no sólo habría que tener en cuenta el coste de una entrada de cine, sino también "lo que hemos perdido" por no haber elegido el trabajo que nos ofrecía nuestro amigo. El coste económico de ir al cine en nuestro ejemplo sería entonces de 206 €. La diferencia, como puede verse, es bastante notable.
 
¿Cómo puede aplicarse ésto al caso de la natalidad? Habría que tener presente cuál es el coste de oportunidad de tener un hijo en cada caso. En este sentido, la distribución de la renta entre la población es un factor muy importante, pero no es el único. Así, es probable que una familia de renta alta tenga un coste de oportunidad muy bajo al poder sufragar sin problemas la manuteción del recién nacido, su educación posterior, que uno de los padres deje de trabajar, contratar niñeras o costear una guardería, etc. Del mismo modo, una familia de renta baja puede también enfrentarse a un bajo coste de oportunidad aunque por motivos bien distintos: uno o ambos padres pueden estar en situación de desempleo, o por regla general sólo trabaja el varón mientras la mujer es ama de casa, o el "estándar" de manutención y educación que se dedica a los hijos no es tan elevado como en el caso de las familias pudientes, etc. Curiosamente, este análisis nos lleva a la conclusión de que es la clase media la que se enfrenta a un coste de oportunidad proporcionalmente mayor. Que uno o ambos padres trabajen supone una enorme diferencia dado sus salarios, pero también hay que tener presente que sus "estándares" de manutención y educación son más parejos a los de las clases altas, al tiempo que su renta es más cercana a la de las bajas. Son estas disparidades precisamente las que acarrean un mayor coste de oportunidad. Otros factores, más allá de la renta pero que también entran en consideración, podrían ser el vivir en un medio rural o urbano, que los abuelos vivan en la misma localidad o en otra distinta, el trabajo que desempeñen los padres, etc. Como decía, y ésto quiero dejarlo muy claro, los factores que intervienen en este fenómeno son innumerables, y a pesar de los ejemplos puestos anteriormente, éstos no dejan de ser simplificaciones (bastante burdas, de hecho). En este sentido, cada familia es un mundo, y son todas esas variables mencionadas las que determinan un coste de oportunidad u otro. No obstante, a pesar de todas las generalizaciones, se puede intentar ser lo más preciso posible (con datos en la mano, por supuesto).

¿Por qué resulta tan importante la consideración del coste de oportunidad? En la entrada anterior aplicamos el concepto de utilidad marginal del dinero, con la conclusión de que los incentivos monetarios deberían ser más elevados a medida que aumentase el nivel de renta si pretendían ser efectivos. Por tanto, las clases pudientes deberían cobrar una transferencia mayor si pretendíamos incentivar su tasa de natalidad. La aplicación del coste de oportunidad nos lleva a la conclusión, manteniendo los efectos de la utilidad marginal del dinero, de que en realidad son las familias de clase media las que necesitarían un mayor incentivo, precisamente por el coste de oportunidad proporcionalmente mayor que representa para ellas un recién nacido en comparación con los otros grupos. No sólo eso. Las circunstancias familiares juegan al margen de la renta un papel fundamental, por lo que las subvenciones aplicadas deberían diferir en consonancia con estas variables. La equidad, por tanto, es un aspecto esencial a tener en cuenta, pero si lo que pretendemos ser efectivos, debemos tener presente que, en todo caso, no es lo único a tener en cuenta.

P.D. En relación con la efectividad de los incentivos según las circunstancias como en el caso expuesto en esta entrada, Citoyen publicaba hace poco un vídeo de la economista Esther Duflo en el que precisamente trataba este tema desde el punto de vista de la economía del desarrollo y la lucha para la pobreza. Indispensable. Podéis verlo en su blog aquí.
 

2 comentarios:

Alberto dijo...

He leído atentamente las dos entradas y a pesar de que el análisis económico ha sido muy bueno, creo que existe una falta importante de análisis sociológico importante. ¿Cómo no hablar de sociología cuando se habla de demografía? Aunque, nobleza obliga a decir que, es normal esa carencia, porque eres un estudiante de economía, y creo que muy bueno :D

Sin embargo, no quiero dejar pasar la oportunidad para señalar algunos aspectos importantes del problema y que, si algún día tienes interés y tratas el tema, los tengas en cuenta.

Allá voy:

a) comprender la dinámica social que nos llevaba anteriormente a tener muchos hijos y ahora tan pocos.

b) intentar indagar en políticas activas en vez de pasivas. Me explico. Por lo general, las políticas de gasto para el fomento de natalidad no suelen tener mucho éxito. Como bien comentas en tu entrada. Yo me decantaría más por políticas activas como por ejemplo:
- fomentar la conciliación laboral
- fomentar la creación de guarderías en empresas públicas y privadas sobre todo.

Un saludo desde Madrid.

Ramón Mateo Escobar dijo...

Gracias Alberto :) Como bien sabes, encantado de tenerte por aquí.

En efecto, no podemos olvidarnos de la sociología en cuestiones como ésta. Sin embargo, ¿hay tanta diferencia entre un análisis sociológico y uno económico? Siempre he tendido a pensar que no. Si los análisis difieren, es bastante probable que alguno de ellos se olvide de contemplar el factor que precisamente el otro analiza.

De hecho, así lo has demostrado en este caso, y con dos apuntes más que importantes. Me gustaría darles algo de profundidad a cada uno de ellos:

a) Ciertamente, la dinámica social juega un papel fundamental, pero no es algo abstracto. De hecho, llamamos dinámica social al conjunto de instituciones, conductas y relaciones que se dan en el interior del sistema. De ésto podrían escribirse libros. Como ya quisiera yo, sólo quisiera dar un apunte. En sociedades en vías de desarrollo los hijos suponen una "inversión" (aportan trabajo) y además un "seguro de vida" (continuidad, cuidados en edad avanzada). En sociedades desarrolladas como la nuestra, los hijos no dejan de ser un "bien de consumo" (de lujo, me atrevería a decir). Precisamente, son éstas y otras consideraciones las que influyen en el coste de oportunidad que he mencionado en la entrada. Los hijos en una sociedad en vías de desarrollo, de hecho, probablemente no supongan siquiera un "coste de oportunidad". Más bien al contrario. No tener descendencia es lo que supone más bien un coste de oportunidad para una familia (y bastante considerable, podría decirse).

b) Completamente de acuerdo. De hecho, la manía que tenemos los economistas por los incentivos tangibles (sean o no monetarios) se debe a que son fáciles de obervar, medir y contrastar. No obstante, volvemos a lo mismo que en el apunte anterior. ¿Cómo afectan la conciliación laboral o la creación de guarderías en las empresas? Reduciendo el coste de oportunidad que supone para una familia tener un hijo (una fácil conciliación supone no tener que enfrentarse a renunciar a un puesto de trabajo, por ejemplo, con todo lo que ello supone).

Está claro que las políticas públicas están lejos de ser "perfectas" y que hay multitud de formas de abordar un mismo problema. Por eso mismo, uno de los objetivos de estas dos entradas era resaltar, primero, la importancia de un análisis riguroso; y segundo, la necesidad de tener muy claro cuál es el objetivo real de las políticas públicas. Sólo después de tomar en serio ambos aspectos podremos pretender, por lo menos, perseguir algo de "efectividad" que sea susceptible de ser contrastada, reforzándose y corrigiéndose cuando sea necesario.

Gracias una vez más. Espero verte más por aquí ;)

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