martes, 23 de noviembre de 2010

"Free to Lose" de John E. Roemer (V): conclusiones

¿Qué puedo decir tras la lectura de Free to Lose, de John E. Roemer? En esta entrada quisiera esbozar algunas conclusiones que he podido extraer tras su lectura, la cual he intentado transmitiros tan claramente como me ha sido posible en una serie de entradas (I, II, III, III bis, IV). A pesar de todo, he de decir que, si bien en términos generales la obra no tiene desperdicio, es probable que desencante tanto a quienes pudiesen esperar de ella una confirmación estricta de las doctrinas marxistas más ortodoxoas como a quienes, en el lado contrario, esperasen encontrar cómo las herramientas analíticas de la economía moderna habían de refutar tales doctrinas. Quisiera destacar, por tanto, dos grandes conclusiones en las que considero se condensa no sólo toda la obra, sino también la gran aportación de Roemer al tema que tratamos. Es seguro que podrían extraerse muchas más, referidas a demostraciones matemáticas, ejemplos concretos o recovecos de la teoría, pero el espacio clama que sea conciso. Espero, al menos, que la serie de entradas que he desarrollado en mayor profundidad permita entrever todo aquello que una mera conclusión sintética no permite.

No creo equivocarme al afirmar que la principal aportación de toda la obra se recoge en el concepto de explotación desarrollado por Roemer. Su gran logro consiste en prescindir no sólo del lastre que suponía la aceptación de la teoría del valor-trabajo, sino del convencimiento marxista de la necesidad de toda una lógica propia (llámemosla dialéctica) para ser capaces de comprender sus implicaciones. La explotación se define ahora como la pérdida de utilidad experimentada por un agente económico, dada una distribución concreta, respecto a la que poseería si dicha distribución fuese igualitaria. Esta definición posee aplicación general, permite adaptarla a circunstancias concretas y, curiosamente, prescinde de la necesidad de cualquier aceptación previa de los postulados, económicos o éticos, de la doctrina marxista. Roemer llegará incluso a afirmar que, aun aceptando el marxismo, existe un nivel de explotación que puede considerarse socialmente necesario, o incluso que en un sistema económico socialista seguirá existiendo explotación, por muy diferente que sea cualitativa o cuantitativamente respecto a la capitalista. 

He de decir que en un primer momento me mostraba bastante escéptico ante la valía de este concepto, ya que a fin de cuentas, requiere de una comparación entre dos situaciones, una efectiva y otra hipotética, y que por muy rigurosa que fuese queda en última instancia al arbitrio de quien la efectúe. No obstante, esta objeción pierde validez cuando se considera que la economía ortodoxa no hace nada distinto. Cuando afirmamos que un mercado genera rentas para los agentes económicos, en realidad estamos afirmando que parte de sus beneficios no surgirían en una situación de competencia perfecta, que obviamente nosotros establecemos, y por tanto remitimos su origen a alguna variable explicativa, como el poder de monopolio. O cuando afirmamos que un monopolio reduce el excedente social de bienestar, ya que en realidad no hacemos más que comparar el excedente efectivo con el que esperaríamos encontrar en una situación de competencia perfecta. Cuestión aparte son los juicios normativos que pudiésemos emitir dados todos estos ejemplos, pero como suelo decir, en ese caso nos encontramos ante una decisión política, no económica. Qué decir sobre la explotación, en caso de afirmar su existencia, cae exáctamente bajo la misma consideración.

La segunda gran aportación de Roemer es sin duda su definición de clase social, que el autor remite a la posición de los agentes económicos respecto de sus relaciones contractuales de trabajo. Así, los agentes que venden toda su fuerza laboral formarían una clase social (el proletariado, en terminología clásica marxista), mientras que quienes no trabajn en absoluto y dedican sus recursos a la contratación de terceros constituirían otra distina (los capitalistas, en la misma línea). Entre ambas se abre un abanico de posibilidades definidas en torno a la relación laboral que mantienen unos agentes con otros. Otra aportación es demostrar que esta misma relación de explotación recíproca que da lugar a las clases sociales y que se realiza a través de los mercados de trabajo es idénticamente aplicable para el caso de los mercados financieros, y en última instancia, para los países entre sí a través de la inmigración o los mercados de capitales internacionales. La conclusión de todas estas implicaciones es que la causa de la explotación se encuentra en la desigualdad en la distribución de los recursos, y no en la existencia de los mercados. Esta afirmación resulta de especial importancia, ya que indica que en tanto los factores de producción no se repartan de forma equitativa la aparición de distintas clases sociales será un resultado necesario que se propagará a través de los mercados, sin necesidad de que exista ninguna coacción u opresión explícita.

Dije que la obra provocaría desencantos para quienes buscasen una confirmación de las teorías de siempre a través de nuevas herramientas. Estas dos grandes conclusiones dicen mucho de ello. Así, asistimos a un análisis que, encuadrado en los objetivos sociales marxistas, recomienda centrarse en los derechos de propiedad más que los mercados, en su funcionamiento más que en su estructura, en la igualdad material más que en la explotación. Con todo, las formulaciones son rigurosas, y el empleo que de la matemática hace el autor es limpio, elegante y eficaz. No podrá, por tanto, achacarse demérito a su método, con el cual extrae todas las conclusiones vistas. Esta es quizá la principal razón de desencanto entre los marxistas clásicos que esperaban de esta obra una confirmación estricta de sus convicciones: si se está de acuerdo con los planteamientos, entonces no podrá objetarse a priori las conclusiones; o en todo caso, será necesario refutarlas, aunque ello implique prescindir de la ideología para encomendarse a las herramientas y restricciones de la ciencia.

No obstante, se me podría decir, el hecho de que algunas conclusiones de corte práctico en torno al marxismo se muestren como inútiles, cuando no contraproducentes con sus objetivos, no elimina la validez de la teoría como paradigma alternativo en la praxis política. Este matiz es acertado. Sin embargo, la presunta originalidad del marxismo actual se muestra menos clara cuando, prescindiendo de lógicas alternativas, se toman las herramientas analíticas ortodoxas, tal y como hace Roemer. Su obra supone un ejemplo contundente de una actitud que la economista poskeynesiana Joan Robinson ya criticó respecto al uso que los marxistas hacían de la economía. En sus propias palabras: "Lo que quiero decir es que yo llevo a Marx en la médula de los huesos y usted [un político marxista] lo tiene en la boca. Tomemos, por ejemplo, la idea de que el capital constante es una materialización del trabajo aplicado en el pasado. Usted piensa que esta noción debe demostrarse con mucha palabrería hegeliana. En tanto que yo digo (aunque no empleo una terminología tan pomposa): Claro, ¿qué otra cosa podría ser?". Efectivamente, si algo pudo constatar la labor del marxismo analítico, es la enorme presencia que ideas tradicionalmente consideradas como "exclusivamente marxistas" tenían en muchos campos del conocimiento, ya fuese por influencia directa ya fuese por desarrollo paralelo (lo cual confirma, en todo caso, la clarividencia de Marx en tales cuestiones). Considerar al marxismo como una alternativa totalmente original e independiente de cualquier otra existente sólo puede llevar a confusión. Las grandes diferencias, repito nuevamente, se basan en la aceptación de una ética distinta, no de unos planteamientos o de unas conclusiones diferentes.

Del mismo modo, dije que quienes buscasen una refutación del marxismo por el sólo empleo de la matemática. Queda patente que no es así. Desde luego, puede opinarse lo que se quiera sobre la obra de Karl Marx, pero en ningún momento podrá achacarse a su autor altura intelectual o clarividencia respecto a su tiempo. Gran parte de sus apreciaciones se consideraron certeras entonces, igual que muchos las consideran ahora. El que se efectúe una formalización matemática o no, no obstante, no altera lo que podamos decir acerca de sus conclusiones (en todo caso, nos permiten hablar con la seguridad que proporcionan la coherencia lógica y la definición rigurosa de las premisas, pero nada más). Los fundamentos del marxismo como paradigma dentro de las ciencias sociales, repitámoslo tantas veces como sea necesario, son esencialmente políticos, es decir, éticos. Su aceptación o su rechazo, su apología o su erradicación, pasan por tanto por la asunción previa de una ética que en última instancia condena, en sus propios términos, la "explotación del hombre por el hombre". El economista puede aportar herramientas, codificar ejemplos e interpretar soluciones, pero no le corresponde a él enunciar los fines últimos de la sociedad.

O si preferís, simplemente: leedlo, merece la pena.

Enlaces recomendados

Sobre el marxismo analítico y algunos mitos del socialismo, por Stanislao Maldonado en Asesinato en el margen 

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2 comentarios:

VICTOR CARDENAS dijo...

Hola:

Muy interesante tus comentarios al libro de Roemer. La verdad, yo no he estudiado a profundidad la teoría marxista, en mi facultad de tener cursos especializados en marxismo en los 70's y 80's, ahora ya casi no queda vestigio.

Sin embargo, es interesante saber cuales han sido los desarrollos posteriores del llamado "marxismo analítico". Especialmente, recomiendo esta entrada en el blog de Stanislao Maldonado un ex alummno de mi facultad y actual estudiante PhD en Berkeley:

http://asesinatoenelmargen.blogspot.com/2008/06/sobre-el-marxismo-analtico-y-algunos.html

Alli se puede leer:

"La eliminación de la explotación capitalista no significa en ningún caso la eliminación de las desigualdades de ingresos. Ello ocurre en Marx debido a que considera en su análisis a los trabajadores como homogéneos. Sin embargo, si reconocemos que los trabajadores son heterogéneos en sus habilidades y su capital humano, entonces la desigualdad de ingresos no desaparece bajo el socialismo. Como dice Roemer, la creencia de que el socialismo implicaría la eliminación de las desigualdades es bastante optimista."

Por cierto, me encantó tú frase: "El economista puede aportar herramientas, codificar ejemplos e interpretar soluciones, pero no le corresponde a él enunciar los fines últimos de la sociedad." Absolutamente de acuerdo. Sin embargo, ¿A quién le corresponde enunciar los fines últimos de la sociedad?

Ramón Mateo Escobar dijo...

Víctor,

Sigo con frecuencia el blog de Stanislao Maldonado, aunque fíjate, no recordaba esa entrada en concreto. Paso a incluirla como enlace recomendado, pues hace algunas anotaciones sobre el marxismo analítico que enriquecen la visión que puede extraerse del resumen. Gracias :)

En cuanto a la frase última, efectivamente, ¿a quién corresponde enunciar los fines últimos de la sociedad?. Considero que ésta es la pregunta fundamental de la política, y de su respuesta se desprende ante qué sistema político nos encontramos. Si tuviera que señalar una figura concreta, bueno, sería idílico suponer que en las democracias es el "pueblo soberano" el que toma tal decisión, pero sería bastante ilusorio. En términos generales, tal labor corresponde al político, en tanto desempeña una función distinta del economista.

Obviamente, cada sistema dispondrá de una estructura de incentivos que motivará la aparición no sólo de distintos perfiles de político, sino también la configuración de distintas escalas de valores y por tanto de fines en una sociedad. El proceso no es ni mucho menos estático. En fin, a este respecto he de decir que, cuanto menos, me considero bastante weberiano.

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